Acaba el año hidrológico 2016-2017 y, con él, parte del bombardeo de noticias sobre el ‘problema de la sequía’de los últimos meses con e ltelón de fondo de los siempre mediáticos embalses, en sus orillas descarnadas y en sus pueblos e iglesias emergidos. Es necesario reflexionar y recordar que esas imágenes no son solo reflejo de las escasas precipitaciones, sino que muestran el otro elemento de la ecuación: los consumos, en gran medida excesivos.

A pesar de los consumos, sigue construyéndose en la percepción social sobre la gestión del agua el dogma de que las sequías son algo excepcional, y que por ello es suficiente con tomar medidas excepcionales, como la cesión de derechos concesionales o la explotación de pozos de sequía, para hacerles frente. Sin embargo, la última sequía tan solo se limita a recordarnos que nuestra planificación hidrológica sigue sin adaptarse a la realidad climática, y que las decisiones que se toman para hacerles frente, mayoritariamente centradas en la oferta,se activan en base a información parcial y planteamientos erróneos.

La verdadera joya de los recursos hídricos del España, las masas de agua subterráneas, están en un estado preocupante.

Por ello, antes de exponer ciertas soluciones, debe ponerse sobre la mesa la gran realidad que eludimos afrontar: no hay agua para tanto consumo, y lo que es aún peor: no hay agua para tanta expectativa.

Han pasado diecisiete años desde que se publicara la DMA, dos versiones de planes hidrológicos por cada cuenca (las que los tienen) y seis legislaturas con sus siete ministros del ramo. A pesar de ello, nos encontramos a las puertas del 2018 con un problema de extrema gravedad para la sociedad española, en donde la sobreexplotación de los recursos hídricos, básicamente (más del 80% del recurso) destinados a regadíos- económica y ambientalmente insostenibles en muchos casos, impide alcanzar el buen estado de muchas masas de agua.

La verdadera joya de los recursos hídricos del España, las masas de agua subterráneas, están en un estado preocupante, aproximadamente la mitad de las aguas subterráneas del Estado español están en mal estado ecológico, tanto por sobreexplotación como por contaminación. De la misma manera, el 42% de las aguas superficiales (ríos, lagos, transición y costeras) se encuentra en mal estado. Y la realidad podría ser mucho pero, teniendo en cuenta que algunos de los indicadores que son claves para conocer el estado ecológico de estos ecosistemas, especialmente ríos (p. ej. fauna piscícola, hidromorfología, etc.) ni siquiera se están utilizando como exigía la DMA (véase figura).

Métodos de valoración de estado ecológico utilizados en masas de agua superficial.La información se presenta por demarcaciones hidrográficas, con información tanto para el primer ciclo de planificación 2009-2015 (1), como para el segundo (2) ciclo 2016-2021. Amarillo y rojo muestran falta de desarrollo en la aplicación de métodos para conocer el estado ecológico. Fuente: CEDEX, 2017.

Métodos de valoración de estado ecológico utilizados en masas de agua superficial.La información se presenta por demarcaciones hidrográficas, con información tanto para el primer ciclo de planificación 2009-2015 (1), como para el segundo (2) ciclo 2016-2021. Amarillo y rojo muestran falta de desarrollo en la aplicación de métodos para conocer el estado ecológico. Fuente: CEDEX, 2017.

 

Y este, el buen estado ecológico de las masas de agua, es un objetivo fundamental no sólo por obligación normativa, sino por serla única salida que asegura la protección de la salud humana, el suministro, los ecosistemas naturales y la biodiversidad y sus servicios, y la propia producción de alimentos, todo en su conjunto.

 

La realidad sobre el problema radica en varias cuestiones fundamentales, entre ellas:

  • La planificación hidrológica ordinaria (planes de cuenca) no se ha adaptado a la realidad climática del territorio (deja la gestión de las sequías, una normalidad climática de nuestro país, como si fuesen episodios excepcionales e imprevisibles).
  • tampoco asume, de forma real, el cambio climático (reducción y mitigación), ya que no se activan medidas que aseguren la sostenibilidad a largo plazo tendiendo en cuenta los efectos del cambio climático.
  • Los mecanismo para identificar las sequías son fraudulentos (mezclan sequía meteorológica con escasez derivada de una inadecuada gestión).
  • La percepción aún mayoritaria del agua como mero recurso para un modelo económico de visión cortoplacista (conlleva que las únicas medidas se basen en el tradicional incremento de la demanda).